viernes, 23 de septiembre de 2011

Obsesión

Descubrí que mi suavidad es áspera. Que mi tacto prefiere clavarse en tu piel para asustarte. No sé porqué lo hice, tal vez por miedo, tal vez quise quemar las naves asustándote a vos para no hacerme cargo yo de esto que me pasa.

El resto del día transcurrió sin prisas y con la extraña sensación de vos mirándome la nuca todo el tiempo. Cuando fui yo la que deslicé un dedo por la tuya. Lo hice sin intención. Pero al hacerlo me di cuenta de que eso era exactamente lo que quería. Tocarte. Y te toqué con mi aspereza. ¿Te habrá molestado esa caricia inesperada, indeseada incluso? ¿O te imaginabas unas manos más delicadas? Algo se oscureció en tu mirada. Y supe que el vínculo cambió para siempre. No voy a poder mirarte a los ojos cada vez que nos encontremos.
Y no puedo desencontrarte. Es imposible. La rutina diaria incluye que nos crucemos, al menos, veinte veces por día. ¿Qué voy a hacer? Le diré a Josefina que me pase todos los expedientes que ella tiene durmiendo el sueño de los justos en un cajón de su escritorio. O a Rodrigo que te mande a vos a hacer lo que hace él. Pero no te va a gustar. Siempre preferís tener el cuerpo en movimiento y estar con el culo apoyado en una silla tantas horas lo único que va a lograr es que me odies.
¡Por Dios! Quiero cortarme los dedos para olvidarme de la sensación de tu piel. Ahora quiero más. Me estás mirando y lo único que quiero es correr hasta vos y hundir mi mano en tu cuello y rasguñarte, lastimarte y después lamer tu piel despacio. Me acaricio los labios con mi lengua. Un jadeo se ahoga en mi garganta. Aprieto los puños hasta que me quedan blancos. Me estás volviendo loca.
De golpe siento gritos. Alguien grita cerca mío. Aturdida, miro alrededor. Josefina está con el teléfono en la mano y me ve horrorizada. ¿Qué le pasa? ¿Ella también se volvió loca? Josefina nunca trabaja bien bajo presión, lo que sea que tendría que estar haciendo está paralizado. ¿Cómo no se dan cuenta?
Cierro los ojos y voy para atrás. Repaso cada impresión. Me acuerdo que llegué y ya estabas sentado en tu lugar de siempre. Me acerqué y te di un beso. Como siempre. Sólo que esta vez mi mano se perdió en tu nuca, rozó tu pelo y se detuvo apenas un segundo en tu piel tibia. La tersura de tu piel contrastó de tal manera con la mía que me sentí tosca y toda caricia cesó de inmediato. Me duele. Me duelen los dedos porque me atenaza el deseo de perderme en vos, de recorrerte entero. Quiero olerte también.
Abro los ojos de golpe porque si sigo así tengo miedo de no poder contenerme. Te perdí. Saliste de mi campo de visión. Giro buscándote. Rodrigo llega con hielo y toallas. Josefina habla sin parar mientras da cabezaditas. Cuelga. Le tiemblan las manos y llora. Es extraño, siento que me pide perdón con la mirada. En cambio en la tuya hay reproche. Y decepción. Ahora sos vos el que te volviste loco. Me agarrás una mano despacio y me quitás un cutter. ¡Estás lleno de sangre! En eso llega gente que no conozco. Hablan con Josefina, que hace un gesto hacia mí. Rodrigo me envuelve las manos en las toallas heladas. No sabía que mis manos estaban tan calientes. La sensación es linda, el frío me hace bien. Esa gente que no conozco me rodea. Escucho tu voz que me dice "shhh, tranquila, todo va a estar bien". Quiero contestarte pero no puedo, se me enrieda la lengua en la boca. Creo que me dieron algo que me está durmiendo, antes de cerrar del todo los ojos, alcanzo a ver la mano a la que le faltan las yemas de los dedos.