jueves, 17 de octubre de 2013

Ser

Quiero ser Alicia perseguida por Conejo Blanco.
Quiero ser la sonrisa del Gato.
Quiero ser el Tiempo sin reloj.
Quiero ser el ruido y el paraíso.
Quiero ser el resplandor, la hoguera, la chispa.
Quiero ser el rastro húmedo del amor saciado.
Quiero ser la furia mordiendo el desencanto.
Quiero ser yo y otra.
Quiero perderme entre juncos.
Quiero encontrarme volviendo del silencio.
Quiero ser el beso, la caricia, la mirada.
Quiero volver a este lado del espejo.
Quiero dejar de ser un reflejo.



jueves, 7 de marzo de 2013

Amén

Me llueve en un pie que ni siquiera es mío. Ahora entiendo por qué nunca llegaba a destino. Un pie ajeno a mí, creando circunstancias paralelas. Y además la lluvia. Mucho para un destino sin sendero y un pie que no calza en su zapato.
Visto desde acá, es claro, preciso y hasta circunspecto. Salvo el zoquete que le quita toda seriedad al asunto. Es decir, se ve que no es mi pie y que llueve y eso explica todo lo que hay que explicar.
Pasos que no conducen a ningún lugar porque se enredan en cordones sospechosos de nudosa algarabía, entonces confunden los puntos cardinales. Eso es tan yo que no es raro que al principio no me haya percibido desubicada en el tiempo y el espacio.
Risas que se pierden en cavernas oscuras y hacen un eco grave y milagroso porque echan osos que recién se despiertan (tan de malhumor, tan poco Pooh) y mariposas y murciélagos y un conjunto de conejitos marrones mientras el ruido del agua que fluye más abajo da frío y ganas de abrazar a cualquiera, al que tengas al lado o a vos mismo.
Lágrimas que caen gota a gota sobre besos prohibidos, besos que se fugan, besos que no dejan de intentar encontrar la boca que los reciba con un aliento a hierbabuena, a manzana, a invierno y vos qué tal, cómo estás, hace frío, dale, vamos juntos.
Me llueve en un pie que ni siquiera es mío.
Y eso es un portento.
Todo un prodigio que está confinado en el borde más borde de la luna. Porque siento, siento y siento con todo esto que soy y con un pie que ni siquiera es mío. Así que mirá si no es el borde.
─La luna no tiene bordes ─me decís como si me importara. Y tu voz, que no tiene una cabeza cerca y una lengua adentro de una boca que la diga, suena así de próxima. Yo creo que es culpa de los conejitos marrones. Y del pie, claro está. Que escuche tu voz, digo.
Y del zoquete, ese que descompaginó todo con su ansia de evidencia. Con sus ganas de ser purificado por la lluvia. Redentora. A la lluvia siempre le dicen redentora. La lluvia redime. El perdón también. Al perdón no le importa si tu pie te pertenece, si los zapatos te calzan o si te llueve de adentro afuera y viceversa. No se detiene en esas nimiedades porque el perdón tiene esa cosa de almas. Ve más allá. Va más allá. Como los conejitos, que salieron persiguiendo al oso...
De esta suerte fue que me di cuenta que te perdoné el desamor pero no la falta de cosquillas y que si quiero lluvia, me aguanto las tempestades.